Raul Zelik/Traducción: Amaranta Süss

Reflexiones varias desde la Costa del Sol

"Desde mediados de los años 90 han muerto en estas costas españolas de la Unión Europea cuatro veces más personas que las que en 40 años murieron en la frontera interalemana...
La pauperización cultural no la producen la transnacionalización como tal, ni menos la comunicación o los movimientos migratorios. Es el resultado de la economización de todos los ámbitos de la vida"


LA MERIDIONAL Costa del Sol española es como un concentrado de Europa: aquí se halla uno en Alemania, pero también en Gran Bretaña y en Holanda. Supermercados de la cadena Lidl, zonas urbanas de vacación, campos de golf. Desde que sobre todo los alemanes practican aquí este deporte de moda, el paisaje andaluz de secano se ha llenado de verde. Para hacer eso posible, han sido inundados, en partes más septentrionales de la península ibérica, valles enteros. Las nuevas presas son utilizadas para cubrir la rápidamente creciente demanda de agua. Notable proceso: no es el ser lo que produce ideología, sino que es un discurso sobre la configuración del ocio y el tiempo libre lo que genera un modo de existencia material. Curiosamente, esta tendencia reconfiguradora del ocio se expresa a más de mil kilómetros del espacio geográfico que la hace a fin de cuentas posible. Porque en las casas campesinas de las aldeas anegadas de los Pirineos, el golf desempeña, como mucho, un papel marginal. La cultura como un motor del desarrollo capitalista, la formación de nuevos vínculos espaciales, ¿es eso lo que entendemos por globalización?

Aldeas, ciudades, urbanizaciones junto al mar: ¿cómo hay que calificar a los lugares de vacación de la España meridional? En la costa se levantan millones de casas y apartamentos, pero apenas se puede cifrar el número de habitantes. El grueso de los propietarios sólo pasa unas pocas semanas al año aquí. Sin núcleo ni estructura, los asentamientos y habitáculos se extienden junto a las playas. En los últimos 20 años, España ha sido El Dorado de la especulación inmobiliaria europea. No se trata de un fenómeno español; aquí han invertido todos: rentistas alemanes, los nuevos ricos de la Europa del Este, magnates árabes del petróleo, trabajadores británicos. Y en ninguna otra parte de la Unión Europea se ha lavado tanto dinero negro como aquí. El milagro del crecimiento español de los años 90 no habría sido posible sin las fortunas procedentes de la evasión fiscal y el narcotráfico. Mientras que el gobierno de "ley y orden" de Aznar debilitaba los derechos democráticos de ciudadanía y endurecía las condiciones del visado de entrada para los ciudadanos no pertenecientes a la Unión Europea, se las prometía muy felices con el libre movimiento de los capitales ilegales.

Los asentamientos crecen como mancha de aceite. Una vez se ha obtenido la calificación correspondiente para un terreno, surgen 100, 200, a veces incluso 1000 habitáculos más o menos idénticos: la mayoría, chalets al estilo de las valoradas series de casitas adosadas. Al poco tiempo, surge en el terreno lindante un proyecto parecido, ejecutado con un estilo arquitectónico completamente distinto

El teórico cultural Mark Terkessidis, de Colonia, ha calificado este tipo de urbanizaciones como "desalmadas". No es mala calificación. Es verdad que uno no debería abandonarse a la ligera a la exigencia de "alma" y de "autenticidad". Y tampoco la evidencia de que no hay plan urbanístico previo, sino desatada expansión carcinogénica, puede constituir en sí un argumento en contra de una arquitectura. Pero en el caso de esos asentamientos urbanísticos costeros la palabra "desalmados" describe la situación razonablemente bien. Y no hay que detenerse aquí. Uno se ve sobrecogido por la masificación pintoresco-industrial. Incluso en plena temporada, los lugares dan la impresión de vacío. Pues finalmente no crecen en un proceso libre, autoestructurante. En el crecimiento de esos lugares hay un orden que está absolutamente en la base: el mercado capitalista y la corrupción.

Bien podrían describirse esos asentamientos urbanísticos como expresión de la globalización en Europa. Construidos por una clase obrera transnacional; habitados por comunidades procedentes de numerosos países (que, sin embargo, se hallan por lo regular separadas según su nacionalidad); edificados de acuerdo con estilos que no admiten clasificación nacional; no molestados por regulación alguna; y no obstante, carentes de libertad.

El Nuevo muro tiene muchas caras: helicópteros que a intervalos regulares sobrevuelan las zonas costeras, sin ser reconocibles como helicópteros policiales para no inquietar a los turistas tumbados en las playas.

Lanchas patrulleras que guardan el estrecho marítimo, fuertes controles fronterizos, más allá y más acá del istmo. Y naturalmente, el campo de internamiento de Tarifa: en el extremo meridional del continente europeo, en una vieja fortaleza, se halla, eso se cuenta aquí, un puesto de concentración de los inmigrantes.

El final del conflicto entre bloques no es lo mismo que el comienzo de la llamada globalización. Pero a menudo se usa metafóricamente la caída del Muro de Berlín para aludir a un mundo que se ha hecho más cercano. Sin embargo, casi siempre queda así escamoteada la cuestión decisiva: ¿quién se ha hecho más cercano? Muchos latinoamericanos, asiáticos y africanos son testigos de que era más fácil viajar a Europa antes de 1989. Incluso para muchos ciudadanos del extinto Pacto de Varsovia las actuales fronteras no son hoy más permeables que el antiguo telón de la muerte. La marginación económica y el perfeccionado régimen fronterizo se cuidan muy bien de que sólo partes selectas de la población mundial puedan aprovecharse de la creciente movilidad.

Una estadística que por lo general no conocen los turistas alemanes que hacen sus vacaciones en la Costa del Sol dice que en esta frontera exterior que Europa tiene en España han muerto 4000 personas desde mediados de los años 90. Con el transbordador se llega cómoda y seguramente en 45minutos de Tánger a Tarifa. Pero la legislación europea impide que muchas personas puedan tomar el transbordador. Naturalmente, a pesar de ello, las gentes hacen el viaje: en pateras frecuentemente incapaces de resistir las poderosas corrientes del estrecho de Gibraltar. Desde mediados de los años 90 han muerto en estas costas españolas de la Unión Europea cuatro veces más personas que las que en 40 años murieron en la frontera interalemana.

Los boat people vienen de noche y llevan una existencia en la sombra. También sin ellos la vida de los alemanes sería distinta: el mercado agrícola europeo quebraría, y las residencias veraniegas en el mediterráneo no serían costeables. En el pueblo andaluz de El Ejido, en el que se producen frutas y verduras que consumen los alemanes, hubo hace unos años pogroms contra trabajadores inmigrantes africanos.

También por eso la clase obrera andaluza de color resulta poco menos que invisible. Se esconde.

Y sin embargo, como no podía ser de otra manera, se aprecia positivamente la venida de trabajadores. Sin ellos, el negocio no resultaría rentable. Para que sean de utilidad, deben de todas formas ser excluidos. Si fueran legales, estarían "sobrepagados".

¿Es esto, pues, la globalización? ¿Un proceso de inclusión que se funda en exclusiones, y las promueve e incentiva?

Al hablar de esas realidades, se oculta un problema. De pocos asuntos se ha ocupado tan circunstanciadamente la "escena" de la crítica progresista como del de las políticas fronterizas y migratorias. En los dos últimos certámenes de Documenta los trabajos sobre estas materias jugaron un papel central; en el cine han podido verse docenas de producciones dignísimas. El asunto es en efecto muy tratado, y sin embargo, se enfoca de una manera socialmente obnubilada. Y cuanto más se habla de él, tanto menos efectos parece lograr el discurso. Por lo demás, y simultáneamente, el concepto de "globalización" no sólo está en boca de todos, sino que es convenientemente conjurado. Hoy se está en muchos sitios como en casa. Lo cierto es que muchos europeos medios no han parado estos últimos años de rodar por el mundo: Sudáfrica, Tailandia, México: los destinos viajeros cada vez están más lejos. Y sin embargo, la consciencia general sobre las conexiones y vínculos globales apenas es hoy en Alemania mayor que hace 25 años. Quienes andan permanentemente de viaje, quienes se sienten tal vez como auténticos global players, se mueven de un modo extremadamente selectivo. El espacio transnacional abarca, ciertamente, al planeta entero, y sin embargo, tiene límites estrictísimos.

En lo que hace a los turistas, eso debería estar fuera de toda duda. El Europeo medio busca en Sudáfrica o en Tailandia sólo aquélla realidad que se solapa secretamente con su propia vida. Desde luego que el deseo de exotismo queda colmado, pero lo pretendidamente Otro queda convenientemente encauzado en una estructura de lo idéntico. Las robinsonianas aldeas vacacionales lo son a modo de escapadas a reservas naturales, análogas al parque aritficial de safaris de Hodenhagen [en la propia Alemania].

Y, por mucho, no son sólo los clientes de las agencias masivas de turismo los que así viajan. En 2003, 17 artistas y arquitectos –incluido quien esto escribe— estuvieron medio año en Venezuela, invitados por la Fundación Cultural de la República Federal. Los puntos de referencia de los anfitriones venezolanos y de los becados internacionales eran Nueva York, París, Haifa, Estambul, Río. Nada de particular que el director austriaco-venezolano del Proyecto volara a la bienal de Rótterdam, o que la colaboradora ítalo-venezolana volara de compras a Miami. Pero resultaba algo muy particular el que esas mismas personas visitaran la periferia y los ranchitos de Caracas. Se movían allí como un cuerpo expedicionario en un planeta hostil. Visto así, los "Barrios", las conurbaciones pobres de Caracas, se hallan mucho más alejadas de las mejores zonas de la capital venezolana que Rótterdam o Miami. La población de esos barrios aplica otros códigos, cultiva otra cultura, consume otras mercancías, y –lo que en los discursos sobre la globalización a menudo resulta notoriamente dejado de lado— tiene otro color de piel.

Fue muy interesante constatar que los moradores de los barrios pobres tenían unos conocimientos de su ciudad más profundos que los de muchos especialistas. Vivían en la periferia, y trabajaban –como guardias y vigilantes jurados, o como dependientes y auxiliares de comercio— en los barrios ricos. Las gentes de viso, en cambio, entre ellos la mayoría de los urbanistas y los arquitectos con los que colaborábamos nosotros, no poseían de su ciudad sino una imagen a menudo difusa, fragmentada, y siempre, poseída por el pánico.

La globalización –eso se dice— supera las distancias y crea escenarios planetarios. Sin embargo, puesto que el proceso al que se alude con esta palabra lo que significa en muchos aspectos es penetración capitalista de los espacios, la superación de las distancias tiene sus límites. Las distancias espaciales se encogen, mas, al mismo tiempo, se expanden. Que con ello crezca el conocimiento general del mundo, es cosa que yo me atrevo a poner en duda. Muchos de nosotros tenemos hoy una idea de lo que está sucediendo en Sudáfrica.

Hemos estado allí (o hemos accedido al menos desde casa por cable al canal de National Geographic). Y sin embargo, las más veces, sólo hemos visitado aquel lugar que conocíamos ya previamente.

Al menos en un respecto debería uno guardarse del proceso que se conoce por el nombre de "globalización".

A menudo se oye en Alemania la queja de que la globalización lleva a la pauperización cultural. Como tantas cosas en este debate, también esta tesis resulta manifiestamente amorfa. Ni está claro qué se entiende por "globalización", ni hay unanimidad respecto de lo que pueda significar en este contexto "pauperización". Unos entienden por tal la igualación u homogeneización de los modelos de consumo y de vida; otros, la pérdida de la "pureza del lenguaje" (sea lo que quiera lo que esto signifique); y aun otros, simplemente, las bajas cifras de exportación de las películas, la música o la literatura alemanas. Para contener tal proceso de "pauperización", uno tendría que comer en la cadena Wienerwald en vez de en McDonald, luchar –como un titán— contra la invasión de la lengua alemana por anglicismos, o exigir, como hace poco una nada santa alianza de políticos, industria pop y músicos, una cuota musical para las producciones procedentes de Alemania.

Aquí resultaría oportuno hacer una diferenciación de contenidos. Si por "globalización" se entienden unas corrientes migratorias y comunicacionales que van de crecida, hay que decir que conduce naturalmente no a una pauperización cultural, sino al contrario, al nacimiento de una nueva riqueza híbrida: a una heterogeneidad que todavía resulta hoy espantable para el consenso main stream dominante hoy en Alemania. Si, en cambio, lo que quiere describir la "globalización" es el incremento de los flujos transnacionales de capital y la creciente interpenetración de las empresas, apenas puede sorprender que vengan masificaciones y simplificaciones. El capitalismo post-fordista de nuestros días se perfila ciertamente mediante la puesta en valor de la diferencia, pero el individuo post-fordista sigue siendo un sujeto masa. Cuando se trata de organizar el espacio de las ventas, no por casualidad la forma dilecta es el supermercado. La oferta de mercancías puede ser distinta en las cadenas alemanas e italianas, pero la igualación homogeneizadora de los modelos de vida se funda en el supermercado como tal. Y éste carece de identidad nacional.

La pauperización cultural no la producen la transnacionalización como tal, ni menos la comunicación o los movimientos migratorios. Es el resultado de la economización de todos los ámbitos de la vida. Habría que volver a distinguir de una vez entre esos dos conceptos.


www.sinpermiso.org [dead link 08/2011]


Traducción: Amaranta Süss
Raul Zelik (Munich, 1968) es un escritor, analista político y crítico cultural alemán. Colabora habitualmente con el semanario Freitag. La editorial Virus de Barcelona ha publicado en castellano su novela La negra (2005), así como (en 2004) su libro Venezuela más allá de Chávez, escrito en colaboración con Sabine Bitter y Helmut Weber.

 

 

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